¿Por qué decimos 'te amo corazón' y no 'te amo ombligo'? Estos huequitos -en mi caso, un verdadero hueco, hondo y pelludo- en la mitad de nuestras barrigas sirvieron, por alrededor de nueve meses en todos los casos, como las fuentes de nuestras vidas, nuestra conexión con nuestras madres.

Mi hermano da importancia a su ombligo. Puede meter una bolita o una uva dentro y, de alguna manera, es capaz de flexionar sus músculos y tirarla dos, hasta tres metros.

Algunos suelen adornarlos con aretes y joyas. Algunos llevan camisetas cortas que se lo permiten ver a todos los espectadores, estos normalmente aseguran de que no tengan pelusa de ombligo antes de poner tales prendas. Algunos ombligos no son muy ondos y otros, como el mío, son como el Gran Canyón.

Me he acostado en la cama para contemplar mi ombligo. He pasado horas y horas haciéndolo. La verdad es que me ha hecho sentir muy deprimido.

No se puede hacer lo mismo con el corazón porque no se lo puede ver de tal manera. Para contemplar el corazón, hay que vivir. Hay que correr, hay que amar, hay que llorar, hay que reírse.

Me encuentro ahora entre mi ombligo y mi corazón. Puedo acostarme, ponerme a contemplar mi ombligo y no hacer nada. O... puedo arriesgarlo todo, sal a vivir de mi corazón y no de mi ombligo. Amo a mi ombligo y me recuerda de que por nueve meses (actualmente en mi caso, diez, pero esto será para otra entrada) dependía de otra persona y no hacía nada. Era un feto que crecía gradualmente dentro de la matriz de mi madre.

Ahora bien, he salido, o, a lo mejor, a los veintisiete años estoy empezando a salir y vivir de mi corazón. Respiro y siento los latidos irregulares y rápidos. Me encuentro más o menos bien. Voy viviendo, voy tirando, entre la contemplación de mi ombligo y de mi corazón.